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Tres no son multitud. Capítulo 1.


—¿Bailamos? —Escuchó Amanda desde la puerta de su habitación. Un sonriente Diego le brindaba su mano mientras la casa era invadida por los acordes del Dream a Little Dream of Me en la voz de Michael Bublé. Imposible resistirse a los encantadores y sonrientes ojos de Diego y menos con un tema tan pegadizo. Amanda terminó de subirse a sus tacones para bailar al ritmo de la sensual voz del canadiense.
—Mamá, estás muy guapa. — Dijo Diego mientras bailaban. Estaba claro que aquel pequeñajo de apenas cuatro años iba a ser un peligro para las féminas.
—Gracias, cariño.
—Mamá, ¿me puedo llevar unos juguetes a casa de los abuelos?
—Bueno, pero unos pocos. —Contestó Amanda sin dejar de bailar.
Amanda y Diego bailaban al compás de la música por la habitación. Diego daba saltitos de vez en cuando para intentar alcanzar a su madre, la cual había crecido casi diez centímetros al ponerse los tacones. Amanda no podía dejar de sonreír mientras veía los risueños ojos negros de su hijo. Era increíble lo mucho que había crecido ya. El tiempo había pasado tan rápido, los últimos cuatro años habían pasado sin darse cuenta.
Say nighty-night and kiss me, just hold me tight and say you’ll miss me while I’m alone... —canturreaba Amanda mientras un divertido Diego intentaba imitarla.
—Drina litol drin of miiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii —gritaba Diego mientras Amanda no podía evitar la risa.
—Hala, termina de guardar tus juguetes que ahora mismo nos tenemos que ir a casa de los abuelos.
 Diego obedeció a su madre y se dirigió a su habitación mientras ella terminaba de arreglarse frente al espejo. Hacía meses que no salía. En los últimos años se había olvidado de cines, amigos, salidas... para dedicarse íntegramente a estar con aquel pequeño, que le robaba todo el tiempo. Si la maternidad es complicada, más aún lo es cuando eres madre soltera. Pero, lo estaba logrando. Había conseguido compaginar su vida profesional y personal. Bueno, personal, a lo que hacía referencia a su papel de madre. Su rol de mujer se había quedado guardado en algún cajón esperando que en algún momento se decidiera a volver a usarlo y, aquella noche parecía que volvía a salir a la superficie.
 Se contempló frente al espejo. Definitivamente, había hecho una buena elección al comprar aquel vestido verde. Le quedaba perfecto y, en principio, el verde no era un color que le gustara, pero dejándose aconsejar por Esther se lo había probado dándose cuenta de lo bien que le quedaba. Los tacones y el corto del vestido le hacían unas piernas interminables. Diego tenía razón, estaba realmente guapa, hacía tiempo que no se sentía así. En los últimos años o iba con sus faldas y chaquetas para ir a trabajar o de vaqueros para hacer de mamá, hacía tiempo que no se ponía un vestido tan bonito.
—Mamá, ya tengo mi mochila. —Gritó Diego desde su habitación.
—Voy, Diego, ya cojo el bolso y nos vamos a casa de los abuelos.

Amanda guardó todo lo que necesitaba en su minibolso y, tras comprobar que Diego tenía todo en la mochila, salieron de casa rumbo al coche para ir a casa de sus padres. Afortunadamente, contaba con ellos y los días que Diego estaba malo o no había cole podía quedarse en su casa, si no fuera así lo hubiese tenido complicado para arreglárselas ella sola.
Diego se sentó en su silla. Tras comprobar que el cinturón estaba bien abrochado, Amanda se sentó en su asiento.
—Mamá, ¿me pones una peli?
—Diego, en cinco minutos estamos en casa de los abuelos.
—Vale, pues, pon esa canción que me gusta mucho.
—¿Qué canción?— Le preguntó Amanda intentando ocultar una sonrisa porque sabía que canción era pero le hacía mucha gracia oírsela decir.
—Pues, la que estábamos bailando en casa.
—Pero, ¿cómo se llama? —Insistió.
—Drina litol drinof miiiii.
Por arte de magia, para Diego, su canción comenzó a sonar en el coche para su disfrute ya que acto seguido comenzó a cantar junto a Amanda la canción. Pocas canciones más sonaron antes de llegar a casa de los padres de Amanda. Fernando esperaba a su nieto en la puerta de su casa porque a aquella hora era imposible encontrar aparcamiento por aquella zona. Le dio un beso a su hija y sacó a su nieto del coche mientras Amanda le daba la mochila.
—Nos vemos mañana, no vuelvas muy locos a los abuelos.
—Mami, pásalo muy bien—dijo Diego siguiendo las indicaciones de su abuelo.
—Y tú, cariño, hasta mañana, papá, cualquier cosa me llamáis al móvil.

 Tras recoger a Esther se dirigieron al salón que había reservado su empresa para celebrar aquella cena. No le gustaba ir a las fiestas de la oficina porque siempre tenías que andar con cuidado a la hora de actuar. Sí, estabas de fiesta pero con tus compañeros de trabajo, con tus jefes. Claro que también era verdad que tras tantos años en la empresa y los casi cinco que llevaba en su sede tenía buenos amigos entre sus compañeros de trabajo. Entre ellos a Esther, la cual en los últimos años se había convertido en una de sus amigas y en su casamentera oficial, porque había tratado de emparejarla en infinidad de ocasiones infructuosamente.
—Uau, ¿y vosotras porque no venís así vestidas al trabajo?— Bromeó Juan nada más verlas entrar.
—Mira que eres tonto, Juanito— contestó Amanda.
—¿Ha llegado mucha gente?— Preguntó Esther.
—Casi todos, incluyendo a los madrileños que vienen de la revista con la que nos fusionamos.
 Más de cincuenta personas estaban invitadas a aquella cena. La revista no sólo estaba logrando sobrevivir a la crisis, sino que además estaba expandiéndose y acababa de fusionarse a otra publicación internacional, por lo cual, se abrirían paso fuera de España. Amanda se sentía afortunada trabajando allí, se dedicaba justo a lo que le gustaba y cobraba por ello, lo cual en la caótica situación económica que les estaba tocando vivir era toda una lotería.
—¡Qué bueno está el vino!
—¡Demasiado bueno! —Contestó Amanda a Juan —Puede llegar a ser peligroso por lo fácil que entra.
—¡Y tanto! —Exclamó Esther.
 La cena transcurrió entre risas. Reinaba un buen ambiente. Se notaba que las cosas iban bien profesionalmente hablando y que se acercaba el buen tiempo con la llegada del verano. Tras los cafés pocos se quedaron sentados en las mesas, la mayoría se trasladó a la pista de baile y a por sus copas a la barra libre.
 Amanda bailaba en medio de la pista junto a Esther y un par de compañeras más, las cuatro pertenecían al mismo equipo de trabajo y habían logrado ser algo más que compañeras, probablemente, la cercanía de edad las hacía más afines y hacer piña dentro del equipo. Amanda no pudo evitar reírse cuando de pronto empezó a sonar el Dream a Little Dream of Me. Definitivamente, aquella canción la perseguía. No sabía por qué le gustaba tanto a su hijo. Bueno, sí, porque Michael Bublé era uno de los habituales en la banda sonora de su vida y, de alguna manera le había influido a ese pequeño, que le tenía robado el corazón.
 —...Stars fading but I linger on dear still crabbing your kiss... —cantaba mientras se movía al compás de la música y hacía fuerzas para no llamar por teléfono a su hijo— ...but in your dreams whatever they be... —siguió cantando sin poder evitar sonreír cuando lo vio apoyado en la barra observándola. Se quedó paralizada. No podía creérselo. Volvió a mirar por si estaba viendo visiones pero no, estaba viendo bien, allí estaba Alejandro que no le quitaba ojo.
—¿Qué te ha pasado? —Preguntó Esther.
—Esther, ves al que está junto a Ricardo.
—Sí, ¿lo conoces? ¡Está muy bueno!
—Es Alejandro.
—Alejan… ¿el padre de Diego?
—Calla, no digas nada.
—Ahora entiendo lo guapo que es Diego, sin hacerte de menos.
—Pero, ¿qué demonios hace aquí?
—¿Qué hace aquí quién?— Preguntó Juan.
—Calla, Juan.—Dijo Esther —.Tendrás que hablar con él.
Amanda respiró profundamente y se dirigió hacia la barra acercándose a Alejandro.
—Hola, Amanda, ¿ya conoces a Alejandro?— Preguntó Ricardo.
Alejandro acercó sus labios a sus mejillas y le dejó dos besos. Dos besos bien dados, nada de besos dados al aire. Él posó sus labios sobre sus mejillas mientras le sujetaba el brazo derecho con su mano izquierda.
—Ricardo, ¿puedes venir un momento?
—Chicos, discúlpenme un momento. Alejandro te dejo en buenas manos.— dijo alejándose de la barra.
—Sigue siendo un placer verte bailar.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Mi revista se fusiona con la vuestra.
—¿Qué?¿Te vienes para aquí?
—No, yo no, yo regreso a Madrid en un par de días. No sabía que trabajabas aquí.
—Ni yo.
—¿No sabías que trabajabas aquí?— Bromeó Alejandro.
—No, no, no es eso. ¡No me confundas! Me refiero que no sabía que tú formabas parte del equipo. No sabía que habías cambiado de trabajo.
—Normal, no he sabido nada de ti en casi cinco años. Te fuiste.
—Me fui porque me tenía que ir. Bueno, un placer hablar contigo.
—Espera, me gustaría hablar contigo. Tomarnos algo juntos.
—No creo que sea una buena idea.
—Amanda, ¿no crees que me merezco al menos cinco minutos?
—Los estás teniendo. Te queda uno, aprovéchalo.—Dijo arrepintiéndose del verbo usado.
—Amanda, me gustaría que nos viésemos en estos días. No esperaba verte. Ni siquiera estaba seguro que estuvieras en Valencia, por favor.
—Alejandro, disculpa, sé que estás en buenas manos pero quiero presentarte a alguien. —Dijo Ricardo llevándose a Alejandro con él.

Pronto sintió la presencia de Esther a su lado. Notó la mano de su amiga apoyada sobre su hombro mientras ella seguía con la mirada a Alejandro alejándose con Ricardo. Sabía que era algo que podía ocurrir, España no es tan grande como para no encontrarse, ni siquiera lo es el mundo. El mundo es un pañuelo y en cualquier momento te puedes encontrar con alguien de quien huyes. Huir de Alejandro, no. No era, exactamente, huir lo que hacía Amanda pero sí evitarlo. Sin embargo, estaba claro que el destino, metafísicamente hablando, o la fusión de sus empresas les había puesto frente a frente.
—¿Estás bien?
—Sí, sorprendida. No esperaba encontrarme con Alejandro. Ni siquiera sabía que estaba trabajando en la revista.
—¿Qué te ha dicho?
—Poco. Él tampoco sabía de mi presencia en el grupo y Ricardo se lo ha llevado.
—¿Es de los que se van a quedar aquí?
—No. Vuelve a Madrid en un par de días.
—¿Vas a decirle algo?
—No, ¡no me mires así! Ya lo sé, he actuado muy mal pero no había alternativa y ahora no puedo Esther. Me duele por Diego y por él, nunca pensé que yo fuera a actuar de esta manera.
—Pues sí, Amanda pero es lo que tiene el vino que se sube a la cabeza. —Dijo Esther ante los incomprensivos ojos de Amanda.
—¿Qué?
—A Amanda siempre se le ha subido rápido el vino pero se pone muy graciosa. Hola, soy Alejandro.— Dijo Alejandro que acababa de acercarse por detrás de Amanda.
—Encantada, yo soy Esther.
—¿Puedo hablar contigo un momento?—preguntó Alejandro a Amanda.
—Los dejo, encantada de conocerte.
—No hace falta que te vayas, Esther. —dijo Amanda con ojos suplicantes. —¿Qué quieres Alejandro?
—¿Nos podemos ver mañana y comer juntos?
—Mañana no puedo.
—¿Y el domingo?
—Tampoco puedo el domingo.
—¿Y cenar, un café?
—Tengo el fin de semana ocupado.— Contestó de manera tajante Amanda —Hemos estados muy liados en las últimas semanas y tengo cosas que hacer.
—Vale, muy bien. Pues, cenamos el lunes.
—Alejandro, no es una buena idea. Déjalo.
—Pero, ¿por qué? ¡No te entiendo Mandy!
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Hacía mucho que no la llamaban así. En realidad, sólo Alejandro había tomado esa costumbre. Su cabeza intentaba pensar en excusas, que darle a Alejandro, pero no se le ocurría ninguna más que la verdad, que no podía decirle. Esther la miró y se marchó dejándolos a solas. A solas en un salón abarrotado de gente que reía, cantaba, bailaba a su alrededor.
—Muy bien, un café. Mañana, pero sólo porque sé que no vas a parar y, al fin y al cabo, tampoco hay ningún motivo para no tomarnos un café juntos.
—Ninguno, es más todos los del mundo para hacerlo.
—¿Por qué dices eso?
—Hubo una época en la que fuimos buenos amigos, ¿no?
—Sí, buenos amigos, supongo.
—Bueno, algo más que amigos. Me dejas tu número, sé que no tienes el mismo, alguna vez te he llamado y no eras tú quién contestaba.
—No, no es el mismo. Anota.

 Una vez más Amanda fue salvada por Ricardo que no paraba de presentarle gente a Alejandro y ella aprovechó para escabullirse junto a Esther, que no había dejado de observarlos desde el otro lado de la pista.
—¿Y bien?
—Hemos quedado en vernos mañana. ¿Te quedarías en casa con Diego? No quiero abusar de mis padres, pero si no puedes no. Se lo digo y punto  o me busco una excusa para no ir y ya está.
—Amanda, calla. Sí que puedo, sabes que me quedo encantada con Diego. Mañana no iba a hacer nada. Me quedo en tu casa y así si la cosa se alarga.
—No, olvídate de eso.
—Guapa, no me extraña que te enamoraras perdidamente de él, por cierto, no lleva anillo.
—¿Y?
—Nada. Sólo digo que no tiene anillo. Sólo es un comentario.
—Algo que no significa nada. Bien ha recalcado hace un momento que fuimos “buenos amigos”.  Para él, sólo fuimos eso, buenos amigos, amigos con ciertos derechos y privilegios cuando ambos andábamos desparejados.
Cariñet, quien juega con fuego se quema, y tú te quemaste. Los amigos con derecho a roce son un peligro, siempre hay uno que termina jodido y te tocó ese papel pero ya lo tenemos superado, ¿no?
—Sí —dijo una dubitativa Amanda—, pero está Diego. Y ya comienza a hacer preguntas y no puedo decirle la verdad, pero tampoco puedo mentirle. ¿Te he contado cuál fue su deseo de año nuevo y su deseo de cumpleaños? ¡Éste era su deseo la aparición de su padre! —comentó Amanda recordando los deseos de Diego ¡La he jodido, Esther! Me he metido en un lío del que no sé cómo voy a salir. Entre más tiempo pase menos van a entenderlo Diego y Alejandro, uffff, no sé. Supongo que en algún momento tendrá que saber que es padre y no sé cómo se lo va a tomar.
—Bueno, guapa, ya pensaremos en algo. Ahora vamos a tomarnos una copa que nos la hemos ganado.
—Bebe tú, que yo te recuerdo he de conducir. —Dijo Amanda recuperando la sonrisa.

Tres horas después estaba de regreso a su silenciosa casa. Era raro volver a una casa vacía. Hacía mucho que no pasaba una noche sola. Se quitó los tacones, no era cuestión de despertar a los vecinos de abajo con el taconeo de sus zapatos a las cinco de la mañana. Entró en la cocina para servirse un vaso de leche fría antes de irse a la cama. Un beep beep resonó en su bolso.
—¿Quién me manda un whatsapp a estas horas?
Dulces sueños, Mandy, no pude despedirme de ti. Tu jefe es un poco acaparador pero habla maravillas de ti. Claro, imposible hacer lo contrario. Nos vemos mañana. Buenas noches.:)

 Estaba alucinando. No se esperaba para nada ese mensaje de Alejandro, que actuara como si nada, como si no hubiese pasado cinco años desde la última vez que se habían visto, que habían hablado. Y sin darse cuenta le contestó con un simple buenas noches a su mensaje. Se llevó el vaso de leche a su habitación y tras limpiarse la cara y quitarse la ropa se metió en la cama sin sueño, estaba totalmente desvelada. Tras casi cinco años sin salir lo hacía y menuda salida había tenido. Inolvidable.

Elva Marmed

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