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De perros y sus dueños: Corsario.


Amanda no pudo evitar quedarse en la puerta observando a sus hijos, imposible no sonreír viendo a Diego explicarle a su hermana el porqué de su nombre.

Si parece que fue ayer cuando te vi la cara por primera vez, cuando te mecía al compás de tu canción mientras te volvías loco mirando las batallas piratas, que la abuela te había pintado en la pared, y mírate ahora con siete años dándole mil y una explicaciones a tu hermana.

―Mamá, te quería llamar Helena, Helena con “h” como la de Troya. Yo no sé dónde está Troya, igual no existe y es como la princesa encantada de la fuente. ―explicaba Diego con su cabeza apoyada en Corsario bajo la atenta mirada de Stella. ―. Papá, no lo tenía claro, le gustaba el nombre de mami, pero mami le dijo que no quería repetir nombre y entonces lo decidí yo. ¿Sabes? Yo le pedí a las estrellas una hermana, bueno o un hermano, y las estrellas que son mega poderosas te metieron en la barriga de mamá.

Amanda apenas podía aguantar la risa escuchando las explicaciones de su piratilla, teniendo que hacer un verdadero esfuerzo para no descubrirse a sí misma.

―Stella, tú eres muy peque pero has de saber que en realidad quien te metió en la barriga de mamá fue papá.

Amanda abrió los ojos de par en par. Aquello sí que no se lo esperaba…



―No estoy muy seguro cómo, sé que los hombres tienen unos bichitos llamados espermatozoides que cuando entran en las mujeres ¡crean niños! ¿Te lo puedes creer? ¿A qué es una locura? No sé cómo entran, igual con tanto besos de novios―rio Diego―. Es que papi y mami se dan muchos besos. Lucía Medina quiso darme un beso en el patio del cole pero no la dejé, puagh, ¡es asqueroso!

Amanda se mordía los labios para no reírse escuchando toda aquella explicación.

―Bueno, Stella, el asunto es que yo le pedí una hermana a las estrellas y les dije a papi y mami que tenía que llamarte Stella, que es Estrella en italiano.
―Ela…ela―repetía dando palmas Stella―¡Mamááááá! ―gritó Stella intentando levantarse agarrándose de las orejas de Corsario, que se dejaba hacer de todo por su pequeña hermana humana.

Amanda caminó hacía ellos al verse descubierta por su pequeña grumete, como la llamaba Diego; quieta se quedó en mitad del jardín al ver a su pequeña de apenas once meses de edad dar sus primeros pasos agarrada de la grupa de Corsario.

―¡Mamá, Stella está caminando sola! ¡Bien! ¡Pronto podremos batallar juntos!
―¡Grumetilla, qué pronto me vas a hacer correr tras de ti!

Amanda cogió a su hija que tras dar cuatro pasos había caído de culo sobre el césped, haciéndola volar por encima de sus hombros.

―Mami, mami, ¿llamamos a papi para decírselo?
―No, piratilla, papi debe estar ya de camino a casa, en un par de horas lo tendremos aquí. ¿Vamos a dar un paseo los cuatro?
―¿Puedo llevar yo a Corsario, mami? ―preguntó Diego poniéndole ojitos a la madre.
―Sí, pero nada de correr.
―¡Prometido! ¡Promesa de pirata!
―Muy bien, vamos a prepararnos tripulación.

êêêêê
          
Sorprendido, casi decepcionado se sintió Alejandro al entrar en casa y escuchar el inusual silencio que habitaba en ella, ni siquiera Corsario había salido a recibirlo. Solo había estado tres días fuera de casa, pero cada vez se le hacía más cuesta arriba alejarse de Mandy, Diego y la pequeña Stella. Sí, era increíble pero echaba de menos hasta a Corsario y sus lametazos matinales para despertarlo cada mañana.

 Extrañado dejó las llaves sobre la mesita de la entrada y quitándose la corbata entró en el salón. 

―Mandy― dijo en alto entrando en el vacío salón.

No recibió respuesta. Estaba solo en casa. Deben haber salido de paseo, pensó mirando la hora al tiempo que abría la puerta del silencioso jardín y se dejaba caer en la tumbona.

¿Quién me iba a decir a mí hace unos años que iba a echar de menos escuchar las voces de mis hijos? Uauh, si aún me resulta hasta increíble de pensar, y no tengo uno sino dos y¡ un perro! Gustavo se hubiese descojonado si hace unos años una pitonisa hubiera dicho que yo estaría casado con hijos y un perro, pensaba con una sonrisa en los labios. La cara que puso cuando le dije que era padre, el estropicio que hizo con la jarra de cerveza, su cara era un auténtico poema. Uhm…imagino que un poco menos que la mía cuando Mandy me lo contó.
Mandy…Mandy que ganas tengo de verte. Joder, cómo te echo de menos cuando me voy por unos días. Uhm…que ganas de tener un ratito para nosotros dos solos, desde que nació Stella no hemos disfrutado ni un día solos los dos. Uhmm…a esto hay que ponerle solución pronto, quiero  mucho a la tripulación pirata pero necesito tenerte a ti solo para mí aunque sea un día.

Alejandro se estiró en la tumbona, notando el aire en la cara. Uhm…en ningún sitio se está tan bien como en casa, se dijo así mismo mientras observaba la bandera pirata ondeando sobre la caseta de Corsario, junto a ella descansaban un par de espadas de madera. Los piratas han estado batallando por aquí, pensaba sin poder evitar que una sonrisa aflorase en sus labios al escuchar las risas procedentes de la puerta de la calle.

―¡Papá! ―gritó Diego corriendo seguido de Corsario.

Stella no se quedó atrás, ya no balbuceaba, sus papás eran más que evidente, haciendo con cada uno de ellas babear a su padre. Alejandro no había podido disfrutar de los primeros años de vida de Diego, con Stella había descubierto la paternidad desde el inicio. Disfrutando con sus primeras patadas dentro de la barriga de Amanda, estando presente en su nacimiento y participando en cada instante; sorprendiendo a Amanda con su destreza quitando y poniendo pañales, bañando a la pequeña grumete.

―¡Papá, has llegado antes que nosotros! ―exclamó Diego saltando sobre su padre en la hamaca antes de que pudiera incorporarse. ―Hemos ido a pasear todos juntos, y yo he llevado a Corsario porque mamá llevaba a Stella y tenemos una sorpresa para ti.
―¿Una sorpresa?  ¡Qué bien! ―rio Alejandro despeinando a su hijo, al tiempo que acariciaba la cabeza de Corsario, mientras Amanda y la pequeña Stella entraban en el jardín.

Stella agarrada de las manos de Amanda caminaba hacia su padre con una amplia sonrisa haciendo babear a su padre. Apenas un par de pasos faltaban para alcanzar a Alejandro cuando Amanda soltó las manos de Stella y esta con pasos temblorosos llegaba hasta él.

―Pero…¡ya caminas, grumetilla! ― Sorprendido exclamó Alejandro cogiendo a su hija , levantándola por encima de su cara y notando sus babas cayendo sobre su cara. ―Me estás poniendo perdido,―rio Alejandro.
―Muy buenas, has llegado antes de lo que esperaba. ―comentó una sonriente Amanda sentándose a su lado. ― ¿Hay besos para mí?
―Uhmm…déjame pensar―respondió Alejandro bajo los sonrientes y pícaros ojos de Diego que disfrutaba viendo a sus padres acaramelados.
―¡Papi, no disimules que tienes muchos besos para mami! ―soltó Diego haciendo reír a sus padres.
―Os he echado mucho de menos―casi le susurró Alejandro  a Amanda junto al oído antes de besarla―.Uhm…estos labios de fresa son mi perdición.

êêêêê

―Por fin se ha hecho el silencio en casa―comentó Amanda dejándose caer en el sofá junto a Alejandro―, estoy rota. Estos días sola con los niños ha sido una auténtica locura, no sé qué haríamos sin tus padres.
―¿Han dado mucha guerra? ―se interesó Alejandro pasándole su brazo para abrazarla y llevarla hacia él.
―No más de lo normal, pero estos días en la redacción hemos tenido mucho movimiento. He tenido varias reuniones a primera hora que me ha sido del todo imposible atrasar y ha sido una locura  llegar a tiempo a todas partes. Tu madre me dijo que se los dejara pero ya bastante tiene con encargarse de ellos todo el día para tenerlos también de noche.
―En un par de semanas tenemos vacaciones e iremos más relajados. ―comentó besándola. ―. ¿Estás muy cansada?
―¿Por? ―Amanda hizo cómo la que no entendía las insinuaciones de Alejandro.
―Porque te he echado mucho…pero mucho de menos.―confesó besándole el cuello.
―¿Cuánto de menos?
―Muchísimo, creo que he tenido mono de esos labios de fresa. ―comentó volviéndola a besar.
―Cariño, sabes que hace tiempo que no uso gloss de fresa, ¿verdad?
―Eso da igual, para mí tus labios siempre sabrán a fresa.

Alejandro fue empujando suavemente a Amanda sobre el sofá, sus dedos iban enrollando su camiseta, subiéndola lentamente sin apartar la vista de sus ojos.

―Ale, los niños están arriba.
―Durmiendo. Su hora del juego ya ha terminado por hoy, ahora nos toca a nosotros.
―¿Y a qué vamos a jugar? ―con cierto tono burlón preguntó Amanda.
―Mandy…Mandy, siempre te ha gustado picarme.
―¿A mí?
―Sí, a ti―afirmó tras quitarle la camiseta.

Un grito de “mamá” les llegó desde el piso de arriba, Corsario fue el primero en subir corriendo las escaleras mientras Amanda a trompicones se ponía la camiseta subiendo de dos en dos los escalones. El llanto desconsolado de Stella resonaba en las escaleras.

―Mamá…mamá…mamá…―entre hipido e hipido como una letanía repetía Stella extendiendo sus bracitos hacia su madre para que la cogiera.
―¿Qué pasa grumetilla? Solo ha sido un sueño, ¿con que puedes soñar tú, cosita?

Amanda acurrucó a Stella entre sus brazos, tarareándole la canción de cuna de su pirata. No podía imaginar una nana mejor para tranquilizar a su pequeña, el Dream a little dream of me había mecido los sueños de su pirata y ahora hacía lo mismo con los de su pequeña grumete.
Media hora más tarde seguida por Corsario,  tras comprobar que el pirata no se había despertado, Amanda regresaba junto a Alejandro que la esperaba sentado en el jardín.

―¿Todo en orden?
―Todo en orden. Stella debía estar soñando, de verdad, sigo preguntándome qué puede soñar un bebé; por muchos hijos que tuviese seguiría siendo un misterio.
―¿Por muchos hijos que tuvieses? ―rio Alejandro―¿Qué quieres decir con eso?
―Nada, no quiero decir nada, es una forma de hablar. No entra en mis planes tener más niños, espero que en los tuyos tampoco.
―En realidad, nos falta el canadiense.― con ojos burlones le recordó Alejandro.
―¿Estás de broma, no?
―Habíamos hecho un trato, ¿ya lo has olvidado?
―Sí, pero yo lo que quería era ir a Canadá y ver a Bublé, lo del hijo fue cosa tuya y ya tenemos dos y ¡un perro! Uhmm…¿me vas a llevar a Canadá?
―Para Canadá falta un par de añitos, ahora lo que estoy pensando es en pedirle el favor a mis padres de dejarles a la tripulación pirata un fin de semana para pasar un par de días tú y yo solos. ¿Te apetece?
―Tú y yo solos.―repitió Amanda.
―Tú y yo solos.―recalcó Alejandro antes de besarla. ―¿Te tiento? ¿Te apetece un fin de semana a solas conmigo?
―Bien sabes que sí―respondió Amanda―. Por cierto, ¿sabes que los espermatozoides se cuelan en las barrigas de las madres a través de los besos de novios?
―¿Qué? ―rio Alejandro. ―¿Qué historia es esa?
―Tu hijo, me he quedado de piedra oyendo sus explicaciones esta tarde a su hermana.
―¿Qué sabe Diego de espermatozoides?
―Pues, que son unos bichitos que se cuelan en las barrigas de las madres y hacen bebés.
―¿Qué? ―sorprendido y sin poder evitar soltar una carcajada preguntó  Alejandro. ―Creo que voy a tener que tener una charla con el pirata. ―bromeó Alejandro.
―Ah, parece ser que Lucía Medina ha tratado de besarlo y él no se ha dejado. ―¿Qué? ―un más que sorprendido Alejandro preguntó― Hay que joderse, paso un par de días fuera de casa y mi hijo de siete años rechaza los besos de una amiga y da charlas de sexualidad.
―Ya ves, pena me da de la pobre Lucía Medina.
―¿Y eso, por qué?
―¿Por qué? Porque no sabe que el pirata es como el padre. ―contestó con una medio sonrisa  Amanda.
―¿Al padre? ¿Qué quieres decir con eso exactamente? ―divertido preguntó Alejandro acariciando la cabeza de Corsario, que la tenía apoyada sobre sus piernas.
―Ya sabes, ¿cómo es eso que dice tu hijo? ―Amanda preguntó como si no lo recordase― Nada de novias, puagh―Amanda imitaba la forma de hablar de Diego―.Yo no quiero novias, son un rollo, yo solo tengo amigas.

Alejandro la miraba sin pestañear, divertido viendo la imitación de su mujer y un tanto dolido porque sabía por dónde iba Amanda.

―¿Puedo decir algo en mi favor y en el de mi hijo?

Amanda levantó los hombros y arqueaba una ceja expectativa de la respuesta de Alejandro.

―Tú dirás, ¿acaso miento? ¿No tengo razón en mi planteamiento? ¿Acaso tu hijo no ha dicho en más de una ocasión que las novias son un rollo? Y tú…
―¿Y yo, qué? ―preguntó agarrándola por la cintura y acercándola hacia él. ―Dime Mandy, ¿yo qué? Si mal no recuerdo su padre se casó contigo.
―¿Y? ― expectante preguntó Amanda fijando su mirada en la de él.
―¿Cómo que “y”, señorita? Su padre lo único que hizo fue esperar por la adecuada.
Amanda estalló en carcajadas ante un más que divertido Alejandro.
―Cariño, tú no puedes decir que estabas esperando la adecuada, te recuerdo que nos conocíamos desde hacía quince años cuando…
―No, no, no…eso no es del todo cierto, señorita Amanda, usted cambió de número de teléfono y yo…
―¿Y tú? ―lo interrumpió Amanda ―Sabes que me encanta picarte. ―comentó antes de besarlo.
―Ves, es que sois malvadas, luego te quejas y te apiadas de Lucía, en vez de ponerte del lado de nuestro pobre hijo indefenso.
―¿Indefenso Diego? ¿Tienes otro hijo y te confundes con el nuestro?
―Muy graciosa―respondió entre beso y beso―.Bien sabes que no. Y sí, indefenso ante las mujeres que terminan haciendo lo que quieren con nosotros.
―Oh, pobres infelices. ―rio Amanda.
 ―¿Alguna novedad más que deba conocer?
―No, nada de nada. ¿Y yo, debo conocer alguna novedad?
―Nada de nada―contestó acercándola hacia él. ―. Anda vamos a la cama, bruja malvada.

êêêêê

Los gorgoritos de Stella llegaban hasta la habitación, Corsario daba vueltas alrededor de la cama de Amanda y Alejandro con la clara intención de avisarlos.

―Voy yo―dijo Alejandro dándole un beso de buenos días a Amanda. ―, ¿traigo a la grumete?
―Tráela, son las ocho. En esta casa intentar dormir hasta más tarde es de ilusos.

Corsario miraba con ojos de tristeza a la cama, Stella se había acomodado en medio de los padres e intentaba comerse la barbilla de su padre mientras él le hacía pedorretas en la barriga.

―¿Qué pasa Corsario? ―Amanda le acarició la cabeza― Lo siento, cariño, pero sabes que tienes prohibido subirte a las camas.
―¿Y yo me puedo subir?  ―preguntó un aun somnoliento Diego desde la puerta de la habitación.
―Uhm…eso lo tendremos que debatir.―con aire solemne respondió Alejandro.
―Ah―solo acertó a decir un apesadumbrado Diego.

Amanda y Alejandro hacían auténticos esfuerzos para no reírse viendo la cara de su hijo.

―Venga, ¿qué estáis esperando? ¿No lo vais a decidir hoy? ―insistía Diego.
―Stella, ¿le hacemos un huequito a Diego?

Para sorpresa de todos Stella comenzó a mover la cabeza de un lado a otro, expresando una clara y rotunda negativa por respuesta. Diego contemplaba absorto a su hermana, sus ojos comenzaban a humedecerse al ver aquel inesperado “no” de su adorada hermana. Las sonrisas se borraron de las caras de Amanda y Alejandro, sabían que su hijo se estaba tomando en serio aquella contestación.
Derramando las primeras lágrimas Diego salió de la habitación de sus padres seguido por Corsario. Amanda y Alejandro se miraron sin necesidad de decirse nada.

―La que hemos liado grumetilla―comentó Alejandro―, voy con Diego.
―Stella, ¿cómo se te ocurre decir que no? ―risueña observó Amanda.

Alejandro se encontró a un lloroso Diego sentado en su rincón favorito del jardín, apoyado en el tronco del frondoso framboyán acariciaba a Corsario; su fiel amigo le lamía sus saladas lágrimas.

―¿Puedo sentarme con vosotros?

Diego levantó los hombros a modo de respuesta. Alejandro se sentó junto a su hijo, durante un rato estuvieron callados. Alejandro respetó el silencio de su hijo, al que a veces veía como un niño grande y en momentos como aquel recordaba que solo era un niño de siete años.

―Es injusto―hipó Diego cuando se decidió a hablar con su padre.

Alejandro sonrió dejando caer su mano sobre la rodilla de Diego.

―¿Qué es injusto?
―Yo…yo―con voz temblorosa intentaba explicarse Diego.

Alejandro siguió callado, no quería interrumpir a su hijo.

―Yo quiero muchísimo a Stella, es lo que más quiero en la vida―expuso en medio de un llanto desconsolado―, bueno, y a ti…y a mamá―continuó Diego entre hipidos―, y a los abuelos, los iaios, los primos y Corsario. Sí, porque Corsario no me traicionaría, él sí me hubiese dejado subir a vuestra cama.

Alejandro se contuvo la risa, sabía que no podía ni medio asomar una tímida sonrisa o su hijo se ofendería.

―Pero Stella dijo que no y vosotros no dijisteis nada, como ella es la pequeña es vuestra favorita.
―Diego, sabes que eso no es verdad. Ni mamá ni yo tenemos favoritos, os queremos a los dos por igual; Stella es muy pequeña no sabe lo que dice. Ella solo repite lo que ve―Alejandro paró un segundo su discurso  para secarle las lágrimas a Diego―, y  sobre todo lo hace si sabe que es gracioso. Seguro que en algún momento, hizo ese gesto y alguien se rio. Igual tú mismo te reíste al verla.
―Pero…¿por qué teníais que debatir si yo podía meterme en vuestra cama?
―Diego, solo era un juego.―respondió Alejandro abrazando a su hijo y besándolo en la cabeza.
―Papá, ¿puedo hacerte una pregunta?
―Claro, dime.
―¿De verdad no quieres más a Stella?
―Claro que no, ¿por qué me preguntas eso?
―Porque a ella la conoces desde que estaba en la barriga de mamá y a mí no.

Alejandro sintió una punzada en el estómago al escuchar las palabras de su hijo. Amanda salía al jardín dándole tiempo de oír la confesión de su hijo y quedarse de piedra con aquellas palabras.

―Escúchame Diego, aunque a Stella la haya conocido estando en la barriga de mamá la quiero tanto como a ti. ―explicó Alejandro―. Es más, a ti siempre me unirá algo especial, tú y solo tú hiciste que mamá y yo nos encontráramos―continuó su explicación Alejandro ante los expectantes y acuosos ojos de su hijo que no apartaba la mirada de su padre. ―. Tú le pediste el deseo a las estrellas, tú cazaste esa estrella mágica haciendo que nos volviéramos a encontrar.

Diego abrazó con fuerza a su padre, Corsario no perdió la oportunidad de subirse sobre ellos para recibir su dosis de cariños.
Una emocionada Amanda se secaba las lágrimas de los ojos, mientras daba de mamar a Stella sentada en la terraza.

―Stella, lo que ha traído consigo un simple gesto. ―murmuró sin apartar la mirada de Diego y Alejandro.
―Papá, ¿puedo hacerte otra pregunta?
―Sí, claro, mientras no te dé por preguntarme cómo se hacen los niños. ―bromeó Alejandro que acababa de descubrir que Amanda los observaba, lanzándole un beso al notar el brillo de sus ojos.
―Eso ya lo sé, papá.
―¿Ah sí?
―Sí, claro, los bichos espermatozoides se cuelan en las madres, supongo que a través de los besitos, y hacen niños en las barrigas.
―Bueno, más o menos es así―corroboró Alejandro con una sonrisa―, pero ya hablaremos de eso en otro momento. Dime ahora, ¿cuál es esa pregunta?
―Papi, es que hay algo que no entiendo.
―A ver dime que es eso que tú no entiendes.
―Mami me había dicho que tú no estabas con nosotros porque trabajabas lejos.
―Cierto.
―Pero, papi, eso no es verdad. Tú trabajabas en Madrid y nosotros estábamos en Valencia. No estábamos tan lejos.

Alejandro y Amanda se quedaron perplejos, estaba claro que algún día tendrían que dar explicaciones pero no esperaban que ese día fuera tan pronto.

―Tienes razón, cariño, eso no es del todo cierto. Madrid y Valencia no están tan lejos.
―¿Entonces, me puedes explicar por qué no estábamos juntos?
―A ver Diego, si he de ser sincero…
―¡Pues claro! ―lo interrumpió Diego. Corsario quiso corroborar la respuesta de su dueño con un ladrido.
―Bien, entonces he de decir que yo fui el culpable.
―¿Por qué? ¿No nos querías?
―No, Diego, escúchame. ―Alejandro respiró profundamente dedicándole una mirada a Amanda que no podía apartar la vista de él. ―. Papá y mamá se conocieron cuando estudiaban en la universidad, eso lo sabes, desde el principio nos convertimos en inseparables. Imposible imaginarnos separados, siempre íbamos juntos a todas partes. Al principio, ninguno de los dos notó que éramos mucho más que dos. Ninguno de los dos se dio cuenta que estábamos enamorados, más adelante mamá fue la primera en darse cuenta que quería ser mi novia y no mi amiga. ―Alejandro miró a Amanda, que lo contemplaba sin pestañear. ―. Papá, que estaba un tanto tontito no se dio cuenta que también estaba enamorado hasta las trancas de ella, que no era capaz de vivir sin ella, sin escuchar su risa, sin besar sus labios de fresa.

Diego sonrió pícaramente al escuchar la explicación de su padre.

―Y entonces mamá regresó a Valencia.
―Y tú, ¿no te diste cuenta que estabas enamorado papi? No tenías mariposas, en la tele oí que cuando estás enamorado se sienten mariposas en el estómago.
―Sí, me di cuenta pero ya era tarde. No sabía dónde estaba mamá.
―¡Ay, menos mal que le pedí el deseo a la estrella!
―Sí, menos mal. ―rio Alejandro clavando su mirada en la de Amanda, que se moría por abrazarlo pero seguía dándole de mamar a la tragona de su hija.
―Pero, papá, hay otra cosa que no entiendo.
―A ver, dime que es eso que no entiendes.
―Si tú y mamá no erais novios―expuso Diego moviendo la cabeza y los brazos al compás de su explicación ante la más que atenta y divertida mirada de tu padre―, ¿cómo llegué yo a la barriga de mamá?

Amanda miró a su hija.

―Stella, la que has liado. ―murmuró sin poder evitar reírse disimuladamente y dedicarle una mirada a su marido, que ya no sabía ni lo qué decir.
―A ver Diego, como te explico yo esto sin entrar demasiado en detalles. Joder, en el lío que me ha metido tu hermana.
―Papá, has dicho una palabrota y eso está fatal.
―Lo sé, lo sé, pero los mayores podemos decirlas de vez en cuando.
―Bueno, me explicas entonces cómo llegué a la barriga de mamá. ¿Tú y ella os besabais a pesar de no ser novios?
―Sí, mamá y yo nos besábamos.
―Pero, ¿los que no son novios se besan?
―Sí, a veces sí, pero Diego los niños no llegan a la barriga a través de los besos.
―¿No?
―No.
―¿Y cómo entonces?
―A ver, tú sabes que los chicos y las chicas somos diferentes, nuestros cuerpos no son iguales.
―Claro que lo sé, las chicas tienen vulva y los chicos pene. Bueno, y las chicas pueden dar de mamar a los bebés porque somos mamíferos, los chicos no podemos hacerlo.
―Mamíferos, sí…mamíferos.
―¿Y entonces los bichos espermatozoides no son reales?
―Sí, sí que son reales pero no salen de los besos, digamos que están en los penes de los chicos.
―¡En los penes! ¿Yo tengo cosas de esas en el pene? ―asombrado gritó Diego.
―Sí, claro.
―Pero, ¿y cómo llegan a las chicas?
―A través de su vulva―contestó rápidamente Alejandro.
―¿Qué? ¿Eso es verdad? Eso es muy raro y…
―Diego, creo que por hoy es suficiente, ya mantendremos una conversación sobre sexualidad llegado el momento.
―Pero papá…
―Dime. ―ya Alejandro no sabía por dónde le iba a salir su hijo, esperaba cualquier pregunta.
―¿Te acuerdas de mi amiga Laura?
―Sí.
―Sabes ahora es la novia del primo Javi.
―Ah, muy bien.
―Sí, ya es su tercera novia. El primo cambia mucho de novia.
―Sí―afirmó Alejandro riendo. ―¿Era eso lo que me ibas a decir?
―No, no era eso, es que hay otra cosa que no entiendo. Yo pensaba que era listo pero hoy tengo muchas dudas. ―soltó Diego haciendo reír a su padre.
―Anda, dime, listillo.
―Tú me has dicho que los espermatozoides viven en el pene de los chicos.
―Sí.
―Pues, Laura tiene dos mamás, ¿cómo llegó a la barriga de una de ellas?
―Uff, Diego, imagino que por fecundación in vitro. A ver, digamos que el médico los metió a través de una inyección.
―¡Vaya! Pues, Laura tiene mucha suerte, sus madres tienen que quererla mucho porque las inyecciones son muy dolorosas. Cuando vayamos a Valencia y la vea le diré que tiene mucha suerte por tener mamás tan valientes.
―Muy bien, me parece estupendo que se lo digas. ¿Tiene el caballero más preguntas?
―No, por el momento no tengo más―contestó Diego abrazando a su padre―. Papá, te quiero, eres el mejor padre del mundo aunque fueras un poco tonto y no supieras que querías a mamá porque hasta yo veo las estrellitas que salen en tus ojos cuando la miras.

Diego se levantó dejando a su padre sin palabras sentado junto a Corsario, y corrió junto a su hermana a la que Amanda había dejado sentada en el césped.

―Stella…Stella, ya sé que no lo hiciste queriendo, eres una pequeñaja que haces las cosas sin querer. Mamá, tengo hambre, ¿podemos desayunar aquí?
―Sí, claro―respondió una emocionada Amanda secándose las lágrimas y besando a su hijo. ―. Diego no cambies nunca.
―Claro mami, los humanos no mutamos.
―Los humanos no mutamos. ―rio Amanda acercándose a Alejandro.
―Mami, creo que papá te quiere besar.
―¿Sí?
―Sí, mira sus ojos, las estrellitas lucen en ellos. ―con mirada traviesa reveló Diego agarrando a Stella de las manos y caminando hacia Corsario. ―.Papá, la puedes besar, yo me llevo a Stella.
―A sus órdenes, mi capitán. ―respondió Alejandro. ―. Ya has oído al capitán pirata, tengo permiso para besarte.
―Nunca te ha hecho falta ni ese ni ningún permiso―le susurró Amanda―. Ale, nunca lo dudé pero hoy me has demostrado por qué me enamoré de ti, eres único.
―Menos mal que lo reconoces. ―bromeó Alejandro.
―Te juro que oyéndote hablar con Diego…he llegado a pensar que lo del canadiense no era tan mala idea. ―en baja voz le comentó Amanda.
―En menos de dos años, tú y yo en Canadá pero habrá que practicar no se nos vaya olvidar. ―le murmuró al oído― Uhmm…creo que vamos a llamar a los abuelos de la tripulación. ―comentó antes de besarla.

Elva Martínez














Comentarios

  1. oh pero como me encanto!!!!! estupendo Elva nunca defraudas, cada historia es unica y Diego es muy especial

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    Respuestas
    1. Oh mi Jelly, muchas gracias. Me alegro que te gustara aunque no estuviera Gonzalo, ja ja ja.
      Muaaackis...muaaackis

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    2. ah eso es facil de descubrir el.porque... me segui leyendo el anterior o sea Akima jajajajajaja

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    3. Ja ja ja ja...lo peor es que sé que eres capaz de hacerlo.

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  2. No lo había podido leer, pero fue hermosa si momento, que amor el de esta familia adoro a mi pirata

    ResponderEliminar
  3. Me ha encantado!!
    Habrá otro libro de ellos ?
    PD:me encantan las historias de los perros espero que sigas

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, me alegro que te haya gustado. Ahora mismo he comenzado una nueva historia se llama Menta y Chocolate, la puedes leer en Blogger y wattpad y ha surgido a raíz de Jara, así que los perros estân en ella.
      Muaaackis

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